domingo, 3 de abril de 2016

El campo del intelectual es la consciencia

“El campo del intelectual es la conciencia, por definición, la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto pero no en la antología viva de su tierra.” “Mensaje al Pueblo Argentino” - CGT de los Argentinos - 1º de Mayo de 1968

sábado, 2 de enero de 2016

La emergencia cultural de la periferia

La emergencia cultural de la periferia

Revista TransformARG, noviembre de 2015

Hija de días aciagos en los que la victoria electoral de un proyecto político de restauración oligopólica y unitaria empieza a mostrar sus dientes, esta columna intentará reflexionar sobre el eje cultura / federalismo de cara a la etapa que se abre, en el marco de la búsqueda de la emancipación subcontinental que se prefigura imprescindible para la plena consecución de los intereses de la Humanidad.

El georeferenciamiento del voto en el reciente balotaje argentino arroja rápidamente una tesis: la victoria del PRO, contenido en Cambiemos, se sustentó en las provincias del centro, aquellas con mayor concentración poblacional y poder adquisitivo. Quitando la provincia de La Rioja y la ciudad de Buenos Aires, que por diferentes motivos no aportan a la producción agrícola como lo hacen las restantes (Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Mendoza, la propia Buenos Aires, donde Macri casi pardó la performance de Scioli), la cosecha primaria de votos de la Alianza ganadora se corresponde con la llamada “zona núcleo”: la de mayor rinde por hectárea, y donde se concentra ideológicamente el germen de la Argentina, granero del mundo que históricamente primó en la vida política nacional, dejando grandes ganancias para unos miles adeptos a fugarlas y miseria para millones.

Si a este caldo le agregamos el condimento de la posición tomada por el futuro ministro Prat Gay en relación a las capacidades intrínsecas de ciertos argentinos, en función de su lugar de origen (vg. “No vaya a ser que en 2020 estemos hablando de Fulano de Tal, que vino, no sé... de Santiago del Estero, y resulta que se quedó con todo el poder”), olemos un guiso cuyo sistema de valores excluyente encuentra su punto máximo en la tentativa de José Luis Espert de ¡eliminar la coparticipación federal! Es decir: derruir el sistema de solidaridad sobre el cual se sustenta la Patria misma.

En este marco, adquiere relevancia la necesidad de comenzar a pensar las relaciones situacionales de la producción simbólica en términos referenciales. Hay que ser compleja y profundamente críticos de los avances vinculados a la descolonización pedagógica que operaron en esta última década extendida. No porque no los haya habido planteo que resultaría improcedente y soezsino porque, a la luz de los hechos, se han demostrado insuficientes.

Sin la construcción de nuevos marcos epistemológicos y categorías de análisis, que puedan desanclarse de nuestra historia reciente sin negarla ni dejar de aprender de ella, será imposible avanzar hacia respuestas concretas que este momento histórico que demanda un protagonismo inédito de Suraméricaprecisa y reclama.

Proponemos abordar la cuestión del federalismo desde una perspectiva de redistribución subjetiva. El papado de Francisco es un claro testimonio de renovación desde la periferia. Él mismo lo planteó desde el minuto cero: “los cardenales han ido a buscar al Papa al fin del mundo”, enunció, direccionando las miradas hacia la otredad. Solo viniendo desde “el fin del mundo” existen esperanzas de transformar las prácticas, romper los esquemas viciados y llevar a la humanidad a refundarse espiritual y deontológicamente para afrontar los desafíos que el nuevo siglo requiere.

Para la modernidad occidental la cultura se propuso independizarnos de la naturaleza animal, para configurar lo verdaderamente humano. Desde Nuestra América sentimos que la cultura debe revitalizarnos, en comunión con la naturaleza. La síntesis mejor difundida de dicho proyecto cultural es el “buen vivir” que lleva Evo Morales como palabra viva.

Debemos retomar el concepto de modernidad periférica: precisamos garantizar que cada uno pueda vivir la contemporaneidad según sus moldes, sin ese encorsetamiento noreurocéntrico que tantas desviaciones psicosociales genera y que es impuesto sin cesar por la industria cultural imperial y los medios de comunicación hegemónicos.

Actualizar la teoría de la dependencia entendiendo que opera también en lo relacionado con el flujo simbólico es una necesidad imperiosa: no lograremos deconstruir la dominación consumiendo los símbolos del dominante.

En esta línea, en el plano local, no lograremos construir la hegemonía de un proyecto cultural humanista y solidario, nacido a partir de la noción de Comunidad Organizada, en tanto optemos por los contenidos producidos en el centro. En los últimos años el estado se hizo presente en infinidad de ámbitos geográficos donde nunca había incidido por medio de sus políticas culturales, pero falló a la hora de optar fuertemente en la curaduría por aquellas expresiones populares veladas a la lógica de los medios de comunicación.

Los hacedores culturales históricamente ninguneados por la industria cultural fueron tímidamente acogidos en la programación pública, siendo los medios públicos la expresión más elocuente. Primaron -siempre- los contenidos originados en el centro: sea esto Buenos Aires, Córdoba o Rosario o las capitales provinciales en relación al hinterland. Se priorizó -inconscientemente quizá- las estéticas occidentalizantes por sobre las criollas.

Después de doce años detentando los piolines del Estado y, pese a enormes y logrados esfuerzos, como el nacimiento de Zamba en el seno de Pakapaka, seguimos forjando generaciones que llegan a la adultez sin saber qué es un gualambao, quién fue el Chúcaro, ni disfrutar de la enorme complejidad creadora de artistas de la talla de Atahualpa.

Paralela y complementariamente, debemos repensar el cruce entre coparticipación e inversión en políticas culturales per cápita en los presupuestos provinciales a la hora de asignar recursos nacionales en programas y acciones culturales concertadas en territorio. La equidad en el ejercicio del derecho a la plena participación en la vida cultural no acaba en el acceso al consumo de la diversidad, pero no puede desarrollarse sin el.


La emergencia de la América profunda es irrenunciable, como ya lo advirtió Kusch. Sucede, más allá de la voluntad de los mortales (propios y ajenos). Comprenderlo, vivenciarlo, saber disfrutar de ese hedor particular de lo que somos, es la única manera de encontrar un camino propio, serio y sustentable. El enorme equipo que conforma la cultura popular suramericana seguirá trabajando en la búsqueda del conocimiento mútuo, que genera el respeto que posibilita la asunción de que somos parte de lo mismo. Es la tarea que la etapa nos demanda: caminar hacia la integración -que es eminentemente cultural- y brindar la sabiduría ancestral que emerge de nuestra tierra para el crecimiento de la Humanidad en su conjunto.

Derechos Culturales: una categoría operativizable para aportar a la construcción de soberanía cultural

Derechos Culturales: una categoría operativizable para aportar a la construcción de soberanía cultural

Revista TransformARG, agosto de 2015

Reflexionamos desde estas páginas sobre la necesidad de desandar los profundos y profusos procesos de colonización simbólica y penetración cultural que venimos sufriendo los países del sur, y la necesidad consecuente de construir soberanía cultural, entendiéndola como la capacidad de que las voces propias puedan circular y escucharse en igualdad de condiciones frente a las impuestas por los capitales concentrados a través de los medios en conjunción con la industria cultural. Sabemos que el Estado es el factor de incidencia primario para poder terciar en este sistema, construyendo políticas culturales consecuentes con las necesidades del Pueblo, proyectando a los hacedores culturales hacia el futuro, sustentados sobre el conocimiento de su historia, cultura y tradiciones.

En este marco, los Derechos Culturales aparecen históricamente como una categoría subdesarrollada de los Derechos Humanos (Universidad de Friburgo, 1991), pese a lo cual nuestra estructura jurídica imperante, pese a las limitaciones de la reforma Constitucional de 1994, conserva una interesante complejidad de enumeración de Derechos de raigambre cultural sobre la cual construir una red de contención y promoción.

El abordaje de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) como agenda de DDHH del Siglo XXI no corrige esta distorsión: los Derechos Culturales aparecen meramente enunciados, y su abordaje programático y operativizable queda sistemáticamente pospuesto para momentos más propicios.

En el marco del Espacio Cultural Suramericano en que habitamos, coincidimos con Manuel Garretón en que “la dimensión cultural constituye un eje fundamental en la conformación de un bloque latinoamericano que se integre al mundo globalizado”, pero además subrayamos la necesidad de que esa integración se dé a partir del fortalecimiento de una voz propia.

La actual reconfiguración institucional de las áreas gubernamentales responsables del diseño e implementación de políticas culturales se basa en una progresiva comprensión  a partir de los actuales procesos revolucionarios del rol de la cultura en la consolidación de los avances en términos de derechos sociales, civiles y políticos. La progresiva incorporación de la noción de Derechos Culturales es un avance que debemos complementar y profundizar por medio de un abordaje práctico que permita al Estado, y a los ciudadanos a través suyo, de garantizar el pleno ejercicio de los mismos, comprendiendo que el derecho cultural troncal del sistema es el Derecho a la Identidad, el derecho a ser quienes somos, a preservarnos de ser transformados en “otros enajenados” ya no sin historia ni contenidos, sino con historia y contenidos ajenos.

 Por consiguiente, el desafío radica en seguir trabajando en la construcción y fortalecimiento de políticas públicas, a través del diseño de programas y espacios comunitarios que tengan como eje transversal la cultura como derecho, que brinden herramientas y ejerzan acompañamiento para lograr el efectivo ejercicio de los derechos culturales en el seno de las comunidades organizadas.

Finalmente, se trata de lograr la igualdad social considerando las diferencias y diversidades culturales que no constriñan ni homogenicen los derechos, y colocarlos en dialogo con las otras realidades y expresiones culturales. Ejercer los derechos culturales desde la noción de sujeto de derecho en el sentido de las luchas y reivindicaciones que todo ello supone.

Subsidiar la construcción de soberanía cultural

Subsidiar la construcción de soberanía cultural

En Revista TransformARG, octubre de 2014

En una época en la que el imperialismo se ha desmaterializado, sosteniendo la ocupación territorial por medio de unidades no tripuladas y armamento de control remoto, la colonización pedagógica, que vuelve a los pueblos contra sus propios intereses en una suerte de Síndrome de Estocolomo perverso adquiere una relevancia troncal para el proyecto de dominación a escala mundial que se ha trazado el anarco capitalismo.

La sustitución simbólica con la que operan estos poderes concentrados a través de la industria cultural, los medios de comunicación y la publicidad reproduce desviaciones sociales introduciendo (des)valores que configuran un sistema de comportamiento confluyente en un proyecto cultural que es la antítesis exacta de nuestro paradigma humanista de la Comunidad Organizada.

En este marco de feroz apabullamiento de nuestra(s) identidad(es) americana(s), la intervención del Estado por medio de políticas activas adquiere relevancia estratégica. Estamos en emergencia semiótica.

La dinámica cotidiana de circulación y consumo de lo simbólico está determinada por la hegemonía de contenidos, no solo de factura extraregional sino, fundamentalmente, inoculadores de una forma de ver el mundo donde el individualismo y el hiperconsumismo imperan.

Las nuevas generaciones están particularmente operadas por esta mecánica.   Más allá de los enormes esfuerzos y concreciones de iniciativas como Paka Paka, la configuración de las subjetividades de nuestros niños y niñas esta signada por los designios de las multinacionales que, usando a Miami como virtual “capital de Latinoamérica” -como explícitamente la nombran- proceden a una homogeneización del espectro regional en lo que a consumos culturales respecta.

Esta búsqueda de “equiparar para abajo” una región conformada culturalmente con una  riqueza de “unidad en la diversidad” tiene por objetivo consolidar y profundizar las relaciones de poder en términos de dominación; tanto inter Estados –con las primacías que habrán de sospechar- como también hacia dentro de los mismos, reproduciendo injusticias y aumentando márgenes de exclusión.
Es menester de nuestro movimiento político pensar -en este particular momento donde se detenta el poder institucional y se disputa el poder real- dispositivos de intervención activa por parte del Estado para este tipo de problemáticas.

La Presidenta, que acaba de ratificar la alta valoración que le da a la “batalla cultural” en la actual instancia del proceso político con la creación del Ministerio de Cultura, precisa que el campo cultural se de a si mismo niveles de organicidad de los que carece para poder avanzar sobre estas cuestiones. La forma en la que nuestro país está liderando en el plano de la política internacional la disputa con los Fondos Buitre es (una) muestra (más) de que no escasea el coraje.

En este sentido, se vienen desarrollando políticas en países hermanos que vale la pena considerar.  En el caso de Brasil - avanzando en lo que a políticas culturales para el pleno ejercicio de los derechos culturales refiere- con el nombre de “ciudadanía cultural” se implementó una política de transferencia directa para subsidiar consumos culturales bajo el nombre de Vale Cultura-.  Si bien habría que revisar las características de aplicabilidad para adaptar una medida semejante en nuestro país, el hecho de que el Estado esté invirtiendo presupuesto público para facilitar el acceso a bienes y experiencias culturales por parte de sectores determinados de la sociedad parece un camino interesante a desandar.

En el caso brasilero, por presentar características muy diferenciadas en lo que a colonización cultural respecta, la matriz de “lo nacional” en la política de estímulo no se presenta con el vigor primario que uno imagina para una iniciativa de similar talante en nuestro país. Otra característica es el hecho de que –a la usanza de algunas leyes de mecenazgo en la Argentina- la decisión de utilizar la herramienta recae en privados.

Más allá de las cuestiones particulares, vale la pena mencionar que Chile ha desarrollado un estudio de factibilidad para pensar una política similar. En nuestro país, con el antecedente de la Asignación Universal por Hijo y las capacidades que la ANSES ha desarrollado con la implementación de diferentes políticas sociales, se podría pensar -con cierta facilidad técnica de implementación- la posibilidad de que el Estado destine recursos ciertos para que nuestros jóvenes y niños consuman cultura nacional y de la Patria Grande.


Entendemos que esto configura una necesidad urgente para restringir los procesos de aculturación y reforzar la autoestima nacional, construyendo niveles de soberanía cultural que prefiguren las capacidades necesarias para el destacado rol que este mundo multipolar nos presenta como oportunidad histórica en los albores del siglo: una política efectiva de sustitución de importaciones simbólicas.