sábado, 2 de enero de 2016

La emergencia cultural de la periferia

La emergencia cultural de la periferia

Revista TransformARG, noviembre de 2015

Hija de días aciagos en los que la victoria electoral de un proyecto político de restauración oligopólica y unitaria empieza a mostrar sus dientes, esta columna intentará reflexionar sobre el eje cultura / federalismo de cara a la etapa que se abre, en el marco de la búsqueda de la emancipación subcontinental que se prefigura imprescindible para la plena consecución de los intereses de la Humanidad.

El georeferenciamiento del voto en el reciente balotaje argentino arroja rápidamente una tesis: la victoria del PRO, contenido en Cambiemos, se sustentó en las provincias del centro, aquellas con mayor concentración poblacional y poder adquisitivo. Quitando la provincia de La Rioja y la ciudad de Buenos Aires, que por diferentes motivos no aportan a la producción agrícola como lo hacen las restantes (Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Mendoza, la propia Buenos Aires, donde Macri casi pardó la performance de Scioli), la cosecha primaria de votos de la Alianza ganadora se corresponde con la llamada “zona núcleo”: la de mayor rinde por hectárea, y donde se concentra ideológicamente el germen de la Argentina, granero del mundo que históricamente primó en la vida política nacional, dejando grandes ganancias para unos miles adeptos a fugarlas y miseria para millones.

Si a este caldo le agregamos el condimento de la posición tomada por el futuro ministro Prat Gay en relación a las capacidades intrínsecas de ciertos argentinos, en función de su lugar de origen (vg. “No vaya a ser que en 2020 estemos hablando de Fulano de Tal, que vino, no sé... de Santiago del Estero, y resulta que se quedó con todo el poder”), olemos un guiso cuyo sistema de valores excluyente encuentra su punto máximo en la tentativa de José Luis Espert de ¡eliminar la coparticipación federal! Es decir: derruir el sistema de solidaridad sobre el cual se sustenta la Patria misma.

En este marco, adquiere relevancia la necesidad de comenzar a pensar las relaciones situacionales de la producción simbólica en términos referenciales. Hay que ser compleja y profundamente críticos de los avances vinculados a la descolonización pedagógica que operaron en esta última década extendida. No porque no los haya habido planteo que resultaría improcedente y soezsino porque, a la luz de los hechos, se han demostrado insuficientes.

Sin la construcción de nuevos marcos epistemológicos y categorías de análisis, que puedan desanclarse de nuestra historia reciente sin negarla ni dejar de aprender de ella, será imposible avanzar hacia respuestas concretas que este momento histórico que demanda un protagonismo inédito de Suraméricaprecisa y reclama.

Proponemos abordar la cuestión del federalismo desde una perspectiva de redistribución subjetiva. El papado de Francisco es un claro testimonio de renovación desde la periferia. Él mismo lo planteó desde el minuto cero: “los cardenales han ido a buscar al Papa al fin del mundo”, enunció, direccionando las miradas hacia la otredad. Solo viniendo desde “el fin del mundo” existen esperanzas de transformar las prácticas, romper los esquemas viciados y llevar a la humanidad a refundarse espiritual y deontológicamente para afrontar los desafíos que el nuevo siglo requiere.

Para la modernidad occidental la cultura se propuso independizarnos de la naturaleza animal, para configurar lo verdaderamente humano. Desde Nuestra América sentimos que la cultura debe revitalizarnos, en comunión con la naturaleza. La síntesis mejor difundida de dicho proyecto cultural es el “buen vivir” que lleva Evo Morales como palabra viva.

Debemos retomar el concepto de modernidad periférica: precisamos garantizar que cada uno pueda vivir la contemporaneidad según sus moldes, sin ese encorsetamiento noreurocéntrico que tantas desviaciones psicosociales genera y que es impuesto sin cesar por la industria cultural imperial y los medios de comunicación hegemónicos.

Actualizar la teoría de la dependencia entendiendo que opera también en lo relacionado con el flujo simbólico es una necesidad imperiosa: no lograremos deconstruir la dominación consumiendo los símbolos del dominante.

En esta línea, en el plano local, no lograremos construir la hegemonía de un proyecto cultural humanista y solidario, nacido a partir de la noción de Comunidad Organizada, en tanto optemos por los contenidos producidos en el centro. En los últimos años el estado se hizo presente en infinidad de ámbitos geográficos donde nunca había incidido por medio de sus políticas culturales, pero falló a la hora de optar fuertemente en la curaduría por aquellas expresiones populares veladas a la lógica de los medios de comunicación.

Los hacedores culturales históricamente ninguneados por la industria cultural fueron tímidamente acogidos en la programación pública, siendo los medios públicos la expresión más elocuente. Primaron -siempre- los contenidos originados en el centro: sea esto Buenos Aires, Córdoba o Rosario o las capitales provinciales en relación al hinterland. Se priorizó -inconscientemente quizá- las estéticas occidentalizantes por sobre las criollas.

Después de doce años detentando los piolines del Estado y, pese a enormes y logrados esfuerzos, como el nacimiento de Zamba en el seno de Pakapaka, seguimos forjando generaciones que llegan a la adultez sin saber qué es un gualambao, quién fue el Chúcaro, ni disfrutar de la enorme complejidad creadora de artistas de la talla de Atahualpa.

Paralela y complementariamente, debemos repensar el cruce entre coparticipación e inversión en políticas culturales per cápita en los presupuestos provinciales a la hora de asignar recursos nacionales en programas y acciones culturales concertadas en territorio. La equidad en el ejercicio del derecho a la plena participación en la vida cultural no acaba en el acceso al consumo de la diversidad, pero no puede desarrollarse sin el.


La emergencia de la América profunda es irrenunciable, como ya lo advirtió Kusch. Sucede, más allá de la voluntad de los mortales (propios y ajenos). Comprenderlo, vivenciarlo, saber disfrutar de ese hedor particular de lo que somos, es la única manera de encontrar un camino propio, serio y sustentable. El enorme equipo que conforma la cultura popular suramericana seguirá trabajando en la búsqueda del conocimiento mútuo, que genera el respeto que posibilita la asunción de que somos parte de lo mismo. Es la tarea que la etapa nos demanda: caminar hacia la integración -que es eminentemente cultural- y brindar la sabiduría ancestral que emerge de nuestra tierra para el crecimiento de la Humanidad en su conjunto.

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