La emergencia cultural de la periferia
Revista TransformARG, noviembre de 2015
Hija de
días aciagos en los que la victoria electoral de un proyecto político de
restauración oligopólica y unitaria empieza a mostrar sus dientes, esta columna
intentará reflexionar sobre el eje cultura / federalismo de cara a la etapa que
se abre, en el marco de la búsqueda de la emancipación subcontinental que se
prefigura imprescindible para la plena consecución de los intereses de la
Humanidad.
El
georeferenciamiento del voto en el reciente balotaje argentino arroja
rápidamente una tesis: la victoria del PRO, contenido en Cambiemos, se sustentó
en las provincias del centro, aquellas con mayor concentración poblacional y
poder adquisitivo. Quitando la provincia de La Rioja y la ciudad de Buenos
Aires, que por diferentes motivos no aportan a la producción agrícola como lo
hacen las restantes (Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Mendoza, la propia Buenos
Aires, donde Macri casi pardó la performance de Scioli), la cosecha primaria de
votos de la Alianza ganadora se corresponde con la llamada “zona núcleo”: la de
mayor rinde por hectárea, y donde se concentra ideológicamente el germen de la Argentina,
granero del mundo que históricamente primó en la vida política nacional,
dejando grandes ganancias para unos miles —adeptos a fugarlas— y miseria para millones.
Si a
este caldo le agregamos el condimento de la posición tomada por el futuro
ministro Prat Gay en relación a las capacidades intrínsecas de ciertos
argentinos, en función de su lugar de origen (vg. “No vaya a ser que en 2020
estemos hablando de Fulano de Tal, que vino, no sé... de Santiago del Estero, y
resulta que se quedó con todo el poder”), olemos un guiso cuyo sistema de
valores excluyente encuentra su punto máximo en la tentativa de José Luis
Espert de ¡eliminar la coparticipación federal! Es decir: derruir el sistema de
solidaridad sobre el cual se sustenta la Patria misma.
En este
marco, adquiere relevancia la necesidad de comenzar a pensar las relaciones
situacionales de la producción simbólica en términos referenciales. Hay que ser
compleja y profundamente críticos de los avances vinculados a la
descolonización pedagógica que operaron en esta última década extendida. No
porque no los haya habido —planteo que resultaría improcedente y soez— sino porque, a la luz de
los hechos, se han demostrado insuficientes.
Sin la
construcción de nuevos marcos epistemológicos y categorías de análisis, que
puedan desanclarse de nuestra historia reciente sin negarla ni dejar de
aprender de ella, será imposible avanzar hacia respuestas concretas que este
momento histórico —que
demanda un protagonismo inédito de Suramérica— precisa y reclama.
Proponemos
abordar la cuestión del federalismo desde una perspectiva de redistribución
subjetiva. El papado de Francisco es un claro testimonio de renovación desde la
periferia. Él mismo lo planteó desde el minuto cero: “los cardenales han ido a
buscar al Papa al fin del mundo”, enunció, direccionando las miradas hacia la
otredad. Solo viniendo desde “el fin del mundo” existen esperanzas de
transformar las prácticas, romper los esquemas viciados y llevar a la humanidad
a refundarse espiritual y deontológicamente para afrontar los desafíos que el nuevo
siglo requiere.
Para la
modernidad occidental la cultura se propuso independizarnos de la naturaleza
animal, para configurar lo verdaderamente humano. Desde Nuestra América
sentimos que la cultura debe revitalizarnos, en comunión con la naturaleza. La
síntesis mejor difundida de dicho proyecto cultural es el “buen vivir” que
lleva Evo Morales como palabra viva.
Debemos
retomar el concepto de modernidad periférica: precisamos garantizar que cada
uno pueda vivir la contemporaneidad según sus moldes, sin ese encorsetamiento
noreurocéntrico que tantas desviaciones psicosociales genera y que es impuesto
sin cesar por la industria cultural imperial y los medios de comunicación
hegemónicos.
Actualizar
la teoría de la dependencia entendiendo que opera también en lo relacionado con
el flujo simbólico es una necesidad imperiosa: no lograremos deconstruir la
dominación consumiendo los símbolos del dominante.
En esta
línea, en el plano local, no lograremos construir la hegemonía de un proyecto
cultural humanista y solidario, nacido a partir de la noción de Comunidad
Organizada, en tanto optemos por los contenidos producidos en el centro. En los
últimos años el estado se hizo presente en infinidad de ámbitos geográficos
donde nunca había incidido por medio de sus políticas culturales, pero falló a
la hora de optar fuertemente en la curaduría por aquellas expresiones populares
veladas a la lógica de los medios de comunicación.
Los
hacedores culturales históricamente ninguneados por la industria cultural fueron
tímidamente acogidos en la programación pública, siendo los medios públicos la
expresión más elocuente. Primaron -siempre- los contenidos originados en el
centro: sea esto Buenos Aires, Córdoba o Rosario o las capitales provinciales
en relación al hinterland. Se priorizó -inconscientemente quizá- las estéticas
occidentalizantes por sobre las criollas.
Después
de doce años detentando los piolines del Estado y, pese a enormes y logrados
esfuerzos, como el nacimiento de Zamba en el seno de Pakapaka, seguimos
forjando generaciones que llegan a la adultez sin saber qué es un gualambao,
quién fue el Chúcaro, ni disfrutar de la enorme complejidad creadora de
artistas de la talla de Atahualpa.
Paralela
y complementariamente, debemos repensar el cruce entre coparticipación e
inversión en políticas culturales per cápita en los presupuestos provinciales a
la hora de asignar recursos nacionales en programas y acciones culturales
concertadas en territorio. La equidad en el ejercicio del derecho a la plena
participación en la vida cultural no acaba en el acceso al consumo de la
diversidad, pero no puede desarrollarse sin el.
La
emergencia de la América profunda es irrenunciable, como ya lo advirtió Kusch.
Sucede, más allá de la voluntad de los mortales (propios y ajenos).
Comprenderlo, vivenciarlo, saber disfrutar de ese hedor particular de lo que
somos, es la única manera de encontrar un camino propio, serio y sustentable.
El enorme equipo que conforma la cultura popular suramericana seguirá
trabajando en la búsqueda del conocimiento mútuo, que genera el respeto que
posibilita la asunción de que somos parte de lo mismo. Es la tarea que la etapa
nos demanda: caminar hacia la integración -que es eminentemente cultural- y
brindar la sabiduría ancestral que emerge de nuestra tierra para el crecimiento
de la Humanidad en su conjunto.
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