domingo, 3 de enero de 2016
sábado, 2 de enero de 2016
La emergencia cultural de la periferia
La emergencia cultural de la periferia
Revista TransformARG, noviembre de 2015
Hija de
días aciagos en los que la victoria electoral de un proyecto político de
restauración oligopólica y unitaria empieza a mostrar sus dientes, esta columna
intentará reflexionar sobre el eje cultura / federalismo de cara a la etapa que
se abre, en el marco de la búsqueda de la emancipación subcontinental que se
prefigura imprescindible para la plena consecución de los intereses de la
Humanidad.
El
georeferenciamiento del voto en el reciente balotaje argentino arroja
rápidamente una tesis: la victoria del PRO, contenido en Cambiemos, se sustentó
en las provincias del centro, aquellas con mayor concentración poblacional y
poder adquisitivo. Quitando la provincia de La Rioja y la ciudad de Buenos
Aires, que por diferentes motivos no aportan a la producción agrícola como lo
hacen las restantes (Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Mendoza, la propia Buenos
Aires, donde Macri casi pardó la performance de Scioli), la cosecha primaria de
votos de la Alianza ganadora se corresponde con la llamada “zona núcleo”: la de
mayor rinde por hectárea, y donde se concentra ideológicamente el germen de la Argentina,
granero del mundo que históricamente primó en la vida política nacional,
dejando grandes ganancias para unos miles —adeptos a fugarlas— y miseria para millones.
Si a
este caldo le agregamos el condimento de la posición tomada por el futuro
ministro Prat Gay en relación a las capacidades intrínsecas de ciertos
argentinos, en función de su lugar de origen (vg. “No vaya a ser que en 2020
estemos hablando de Fulano de Tal, que vino, no sé... de Santiago del Estero, y
resulta que se quedó con todo el poder”), olemos un guiso cuyo sistema de
valores excluyente encuentra su punto máximo en la tentativa de José Luis
Espert de ¡eliminar la coparticipación federal! Es decir: derruir el sistema de
solidaridad sobre el cual se sustenta la Patria misma.
En este
marco, adquiere relevancia la necesidad de comenzar a pensar las relaciones
situacionales de la producción simbólica en términos referenciales. Hay que ser
compleja y profundamente críticos de los avances vinculados a la
descolonización pedagógica que operaron en esta última década extendida. No
porque no los haya habido —planteo que resultaría improcedente y soez— sino porque, a la luz de
los hechos, se han demostrado insuficientes.
Sin la
construcción de nuevos marcos epistemológicos y categorías de análisis, que
puedan desanclarse de nuestra historia reciente sin negarla ni dejar de
aprender de ella, será imposible avanzar hacia respuestas concretas que este
momento histórico —que
demanda un protagonismo inédito de Suramérica— precisa y reclama.
Proponemos
abordar la cuestión del federalismo desde una perspectiva de redistribución
subjetiva. El papado de Francisco es un claro testimonio de renovación desde la
periferia. Él mismo lo planteó desde el minuto cero: “los cardenales han ido a
buscar al Papa al fin del mundo”, enunció, direccionando las miradas hacia la
otredad. Solo viniendo desde “el fin del mundo” existen esperanzas de
transformar las prácticas, romper los esquemas viciados y llevar a la humanidad
a refundarse espiritual y deontológicamente para afrontar los desafíos que el nuevo
siglo requiere.
Para la
modernidad occidental la cultura se propuso independizarnos de la naturaleza
animal, para configurar lo verdaderamente humano. Desde Nuestra América
sentimos que la cultura debe revitalizarnos, en comunión con la naturaleza. La
síntesis mejor difundida de dicho proyecto cultural es el “buen vivir” que
lleva Evo Morales como palabra viva.
Debemos
retomar el concepto de modernidad periférica: precisamos garantizar que cada
uno pueda vivir la contemporaneidad según sus moldes, sin ese encorsetamiento
noreurocéntrico que tantas desviaciones psicosociales genera y que es impuesto
sin cesar por la industria cultural imperial y los medios de comunicación
hegemónicos.
Actualizar
la teoría de la dependencia entendiendo que opera también en lo relacionado con
el flujo simbólico es una necesidad imperiosa: no lograremos deconstruir la
dominación consumiendo los símbolos del dominante.
En esta
línea, en el plano local, no lograremos construir la hegemonía de un proyecto
cultural humanista y solidario, nacido a partir de la noción de Comunidad
Organizada, en tanto optemos por los contenidos producidos en el centro. En los
últimos años el estado se hizo presente en infinidad de ámbitos geográficos
donde nunca había incidido por medio de sus políticas culturales, pero falló a
la hora de optar fuertemente en la curaduría por aquellas expresiones populares
veladas a la lógica de los medios de comunicación.
Los
hacedores culturales históricamente ninguneados por la industria cultural fueron
tímidamente acogidos en la programación pública, siendo los medios públicos la
expresión más elocuente. Primaron -siempre- los contenidos originados en el
centro: sea esto Buenos Aires, Córdoba o Rosario o las capitales provinciales
en relación al hinterland. Se priorizó -inconscientemente quizá- las estéticas
occidentalizantes por sobre las criollas.
Después
de doce años detentando los piolines del Estado y, pese a enormes y logrados
esfuerzos, como el nacimiento de Zamba en el seno de Pakapaka, seguimos
forjando generaciones que llegan a la adultez sin saber qué es un gualambao,
quién fue el Chúcaro, ni disfrutar de la enorme complejidad creadora de
artistas de la talla de Atahualpa.
Paralela
y complementariamente, debemos repensar el cruce entre coparticipación e
inversión en políticas culturales per cápita en los presupuestos provinciales a
la hora de asignar recursos nacionales en programas y acciones culturales
concertadas en territorio. La equidad en el ejercicio del derecho a la plena
participación en la vida cultural no acaba en el acceso al consumo de la
diversidad, pero no puede desarrollarse sin el.
La
emergencia de la América profunda es irrenunciable, como ya lo advirtió Kusch.
Sucede, más allá de la voluntad de los mortales (propios y ajenos).
Comprenderlo, vivenciarlo, saber disfrutar de ese hedor particular de lo que
somos, es la única manera de encontrar un camino propio, serio y sustentable.
El enorme equipo que conforma la cultura popular suramericana seguirá
trabajando en la búsqueda del conocimiento mútuo, que genera el respeto que
posibilita la asunción de que somos parte de lo mismo. Es la tarea que la etapa
nos demanda: caminar hacia la integración -que es eminentemente cultural- y
brindar la sabiduría ancestral que emerge de nuestra tierra para el crecimiento
de la Humanidad en su conjunto.
Derechos Culturales: una categoría operativizable para aportar a la construcción de soberanía cultural
Derechos
Culturales: una categoría operativizable para aportar a la construcción de
soberanía cultural
Revista TransformARG, agosto de 2015
Reflexionamos desde estas páginas
sobre la necesidad de desandar los profundos y profusos procesos de
colonización simbólica y penetración cultural que venimos sufriendo los países
del sur,
y la necesidad consecuente de construir soberanía cultural, entendiéndola como la
capacidad de que las voces propias puedan circular y escucharse en igualdad de
condiciones frente a las impuestas por los capitales concentrados a través de
los medios en conjunción con la industria cultural. Sabemos que el Estado es el
factor de incidencia primario para poder terciar en este sistema, construyendo
políticas culturales consecuentes con las necesidades del Pueblo, proyectando a
los hacedores culturales hacia el futuro, sustentados sobre el conocimiento de
su historia, cultura y tradiciones.
En este marco, los Derechos
Culturales aparecen históricamente como una categoría subdesarrollada de los
Derechos Humanos (Universidad de Friburgo, 1991), pese a lo cual nuestra
estructura jurídica imperante, pese a las limitaciones de la reforma
Constitucional de 1994, conserva una interesante complejidad de enumeración de
Derechos de raigambre cultural sobre la cual construir una red de contención y
promoción.
El abordaje de los Derechos
Económicos, Sociales y Culturales (DESC) como agenda de DDHH del Siglo XXI no
corrige esta distorsión: los Derechos Culturales aparecen meramente enunciados,
y su abordaje programático y operativizable queda sistemáticamente pospuesto
para momentos más propicios.
En el marco del Espacio Cultural
Suramericano en que habitamos, coincidimos con Manuel Garretón en que “la
dimensión cultural constituye un eje fundamental en la conformación de un
bloque latinoamericano que se integre al mundo globalizado”, pero además
subrayamos la necesidad de que esa integración se dé a partir del
fortalecimiento de una voz propia.
La actual reconfiguración
institucional de las áreas gubernamentales responsables del diseño e
implementación de políticas culturales se basa en una progresiva comprensión a partir de los actuales procesos revolucionarios del rol de la cultura en la consolidación de los avances en términos de
derechos sociales, civiles y políticos. La progresiva incorporación de la noción de Derechos Culturales es un avance que debemos
complementar y profundizar por medio de un abordaje práctico que permita al
Estado, y a los ciudadanos a través suyo, de garantizar el pleno ejercicio de
los mismos, comprendiendo que el derecho cultural troncal del sistema es el
Derecho a la Identidad, el derecho a ser quienes somos, a preservarnos de ser
transformados en “otros enajenados” ya no sin historia ni contenidos, sino con
historia y contenidos ajenos.
Por consiguiente, el desafío radica en seguir
trabajando en la construcción y fortalecimiento de políticas públicas, a través
del diseño de programas y espacios comunitarios que tengan como eje transversal
la cultura como derecho, que brinden herramientas y ejerzan acompañamiento para
lograr el efectivo ejercicio de los derechos culturales en el seno de las
comunidades organizadas.
Finalmente, se trata de lograr la
igualdad social considerando las diferencias y diversidades culturales que no
constriñan ni homogenicen los derechos, y colocarlos en dialogo con las otras
realidades y expresiones culturales. Ejercer los derechos culturales desde la
noción de sujeto de derecho en el
sentido de las luchas y reivindicaciones que todo ello supone.
Subsidiar la construcción de soberanía cultural
Subsidiar la construcción de soberanía cultural
En Revista TransformARG, octubre de 2014
En una época en la que el imperialismo se ha
desmaterializado, sosteniendo la ocupación territorial por medio de unidades no
tripuladas y armamento de control remoto, la colonización pedagógica, que
vuelve a los pueblos contra sus propios intereses en una suerte de Síndrome de
Estocolomo perverso adquiere una relevancia troncal para el proyecto de
dominación a escala mundial que se ha trazado el anarco capitalismo.
La
sustitución simbólica con la que operan estos poderes concentrados a través de
la industria cultural, los medios de comunicación y la publicidad reproduce
desviaciones sociales introduciendo (des)valores que configuran un sistema de
comportamiento confluyente en un proyecto cultural que es la antítesis exacta
de nuestro paradigma humanista de la Comunidad Organizada.
En
este marco de feroz apabullamiento de nuestra(s) identidad(es) americana(s), la
intervención del Estado por medio de políticas activas adquiere relevancia
estratégica. Estamos en emergencia semiótica.
La
dinámica cotidiana de circulación y consumo de lo simbólico está determinada
por la hegemonía de contenidos, no solo de factura extraregional sino,
fundamentalmente, inoculadores de una forma de ver el mundo donde el
individualismo y el hiperconsumismo imperan.
Las
nuevas generaciones están particularmente operadas por esta mecánica. Más allá de los enormes esfuerzos y
concreciones de iniciativas como Paka Paka, la configuración de las
subjetividades de nuestros niños y niñas esta signada por los designios de las
multinacionales que, usando a Miami como virtual “capital de Latinoamérica”
-como explícitamente la nombran- proceden a una homogeneización del espectro
regional en lo que a consumos culturales respecta.
Esta
búsqueda de “equiparar para abajo” una región conformada culturalmente con
una riqueza de “unidad en la diversidad”
tiene por objetivo consolidar y profundizar las relaciones de poder en términos
de dominación; tanto inter Estados –con las primacías que habrán de sospechar-
como también hacia dentro de los mismos, reproduciendo injusticias y aumentando
márgenes de exclusión.
Es
menester de nuestro movimiento político pensar -en este particular momento
donde se detenta el poder institucional y se disputa el poder real-
dispositivos de intervención activa por parte del Estado para este tipo de
problemáticas.
La
Presidenta, que acaba de ratificar la alta valoración que le da a la “batalla
cultural” en la actual instancia del proceso político con la creación del
Ministerio de Cultura, precisa que el campo cultural se de a si mismo niveles
de organicidad de los que carece para poder avanzar sobre estas cuestiones. La
forma en la que nuestro país está liderando en el plano de la política
internacional la disputa con los Fondos Buitre es (una) muestra (más) de que no
escasea el coraje.
En
este sentido, se vienen desarrollando políticas en países hermanos que vale la
pena considerar. En el caso de Brasil -
avanzando en lo que a políticas culturales para el pleno ejercicio de los
derechos culturales refiere- con el nombre de “ciudadanía cultural” se
implementó una política de transferencia directa para subsidiar consumos
culturales bajo el nombre de Vale Cultura-.
Si bien habría que revisar las características de aplicabilidad para
adaptar una medida semejante en nuestro país, el hecho de que el Estado esté
invirtiendo presupuesto público para facilitar el acceso a bienes y
experiencias culturales por parte de sectores determinados de la sociedad
parece un camino interesante a desandar.
En
el caso brasilero, por presentar características muy diferenciadas en lo que a
colonización cultural respecta, la matriz de “lo nacional” en la política de
estímulo no se presenta con el vigor primario que uno imagina para una
iniciativa de similar talante en nuestro país. Otra característica es el hecho
de que –a la usanza de algunas leyes de mecenazgo en la Argentina- la decisión
de utilizar la herramienta recae en privados.
Más
allá de las cuestiones particulares, vale la pena mencionar que Chile ha
desarrollado un estudio de factibilidad para pensar una política similar. En
nuestro país, con el antecedente de la Asignación Universal por Hijo y las
capacidades que la ANSES ha desarrollado con la implementación de diferentes
políticas sociales, se podría pensar -con cierta facilidad técnica de
implementación- la posibilidad de que el Estado destine recursos ciertos para
que nuestros jóvenes y niños consuman cultura nacional y de la Patria Grande.
Entendemos
que esto configura una necesidad urgente para restringir los procesos de
aculturación y reforzar la autoestima nacional, construyendo niveles de
soberanía cultural que prefiguren las capacidades necesarias para el destacado
rol que este mundo multipolar nos presenta como oportunidad histórica en los
albores del siglo: una política efectiva de sustitución de importaciones
simbólicas.
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