martes, 3 de enero de 2017

El proyecto de financiamiento privado de la cultura como Caballo de Troya

El proyecto de financiamiento privado de la cultura como Caballo de Troya

El Gobierno nacional presentó bajo el eufemismo de “Compromiso Federal por la Cultura de los Argentinos”, el anteproyecto para instaurar un sistema de financiamiento privado de la cultura en la Argentina que delega en el sector empresarial la direccionalidad de los procesos vinculados con nuestras identidades nacionales.

Por Federico Escribal (para La Tecl@ Eñe / en http://www.lateclaene.com/federicoescribal)

El anteproyecto de financiamiento privado de la cultura, iniciativa que se preanuncia desde la asunción del Ministro de Cultura Pablo Avelluto, constituye un canal para fomentar el marketing privado subsidiado con fondos públicos. La motivación de las empresas que busca sumar es primariamente cumplir sus objetivos publicitarios: aquellas que operan apoyando proyectos artísticos valiosos lo hacen más allá de un régimen fiscal, si realmente están comprometidas con la cultura y las artes. Aunque lo presenten como filantropía.

En el marco de los sistemas de mecenazgo se permite a las empresas deducir impuestos contra aportes a proyectos culturales. Estas no invierten capital propio, sino adelantos monetarios a cuenta de los impuestos que están obligadas a pagar al estado, que en consecuencia deja de percibir créditos que podría imputar a políticas culturales que comprendiesen las necesidades particulares del sector.

La declamada transparencia se sustenta sobre un Consejo Asesor, externo,  que evalúa los proyectos y los designa –o no- como elegibles. Para conformar estos ámbitos colegiados, se convoca a referentes legitimados institucionalmente de las artes, lo que de por si representa un recorte socio-cultural que opera sobre los proyectos que pueden y son elegibles para ser beneficiarios del régimen: difícilmente se encuentren representantes de la Argentina profunda o de las culturas regionales más que para cumplir con la “cuota de diversidad” ¿Cuáles serán las representaciones simbólicas de estos supuestos portadores de asepsia partidaria?

Este modelo opera en función de la creación y distribución sobre una concepción de “alta cultura” comprendida como el resultado de relaciones individuales: decisiones empresariales llevan a financiar determinados proyectos –y no otros-, entendiendo al proceso creativo como un acto de individuos aislados, en lo que acaba siendo un juego de intercambio de favores regidos por redes de amistades e intereses.

"La política cultural macrista abreva en la tradición neoliberal: sus ejes rectores son la mercantilización de lo socio-cultural y la farandulización de las artes. Para esto, descontextualiza las políticas culturales. Como consecuencia, elimina las referencias a las identidades nacionales e incita a que nos percibamos como “ciudadanos del mundo” desde el consumo de los símbolos globalizados"

La intención de la actual gestión del Poder Ejecutivo nacional de implementar este sistema, emulando la experiencia desarrollada en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires, promete dinamizar el flujo de recursos del mundo privado hacia el campo artístico y se presenta como una solución para potenciar el universo creativo sobre el vector del emprendedurismo. Pero llega en un contexto de marcada sub-ejecución presupuestaria por parte de la cartera nacional de Cultura, y con la política de asfixia  a los espacios culturales independientes que consolidó el PRO en su gestión de la Ciudad de Buenos Aires., aprovechando la tragedia de Cromagnon para instaurar un régimen de habilitaciones prohibitivo para la cultura comunitaria.

La política cultural macrista abreva en la tradición neoliberal: sus ejes rectores son la mercantilización de lo socio-cultural y la farandulización de las artes. Para esto, descontextualiza las políticas culturales. Como consecuencia, elimina las referencias a las identidades nacionales e incita a que nos percibamos como “ciudadanos del mundo” desde el consumo de los símbolos globalizado(re)s. La argentinidad se presenta como un anacronismo.

Es curioso que, entre los supuestos casos de éxito que menciona el proyecto, se mencione el de Brasil: la Ley Rouanet, implementada en 1991, ha demostrado una marcada tendencia hacia la inequidad en términos del federalismo cultural: más del 80% de los recursos  del sector privado superan (que superan los 400 millones de dólares) se asignaron a la dupla Río de Janeiro–San Pablo. Esto ha llevado a diferentes colectivos del campo cultural a movilizarse para pedir la derogación del régimen. En enero de 2015 el ministro de Cultura de Dilma Rousseff, Juca Ferreira, se presentó ante el Senado brasileño para pedir la derogación de la norma en cuestión, calificándola de “huevo de la serpiente neoliberal” por la preferencia endémica de las empresas por “artistas consagrados” por el mercado en desmedro de los emergentes.

En Chile, en tanto, la llamada Ley Valdés, vigente desde el inicio de la década del 90, debió ser reformulada con el objetivo de incluir sanciones penales para detener las contrapartidas entre donantes y donatarios y otras formas delictuales en el campo fiscal que se habían construido sobre la base del sistema. La transparencia se tradujo en una sustancial disminución de los aportes, lo que visibilizó las reales motivaciones del empresariado trasandino: al parecer, evadir impuestos los motivaba más que apoyar a la cultura.

Uno de los más destacados investigadores del desarrollo de la industria cultural europea, Donald Sasoon, destaca que "el papel del Estado es arriesgar y apostar por la cultura menos popular" y postula que "no se debe patrocinar las artes, sino el disfrute de las artes". Sobre el modelo de mecenazgo, concluye: “si se deja que las empresas tengan acceso a rebajas fiscales, lo que consigues es que tengan la posibilidad de definir el desarrollo cultural del país, que es lo que pasa en Estados Unidos”, dado que “si eres una empresa, lo que quieres patrocinar son cosas que se vayan a ver mucho. Aumentará el apoyo económico al arte más popular. Además, el Estado tendrá menos ingresos fiscales y no podrá patrocinar otro tipo de propuestas.” 

La política del mecenazgo constituye, en este sentido, una instancia más para desarticular las políticas culturales activas, que avanzaban con la intención de consolidar en el ideario popular los derechos sociales, políticos y culturales adquiridos en los últimos años. 

La cultura es un derecho humano y el rol del Estado es crucial para garantizar la participación y el acceso de todos los sectores a su producción y consumo, pero especialmente a la equidad en la circulación de los contenidos que se producen, sin distinción de origen. Esta política concurre en sentido contrario, para garantizar al capital el monopolio virtual de la distribución y legitimación de lo simbólico, conquistando la ínfima brecha de ese campo que no controla a través de la industria cultural y los medios de comunicación.

El retroceso que la implementación de este tipo de acciones supone a cualquier proyecto de soberanía cultural –entendida como un horizonte democrático en el que el pueblo puede determinar los contenidos culturales y su tratamiento a partir del pleno conocimiento de lo que solo podrá ser comprendido cabalmente en el largo plazo, cuando demos a luz nuevas generaciones de argentinos desconocedores de nuestras tradiciones, creadores y creaciones, y de la pertenencia identitaria suramericana que constituye el soporte de cualquier proceso de integración exitoso en el actual escenario globalizante.

Buenos Aires, 13 de diciembre de 2016

miércoles, 17 de agosto de 2016

Sobre la subordinación cultural

En su reciente entrevista ante un puñado de medios internacionales no alineados al sentido único neoliberal, Cristina Fernández marcó la dimensión cultural de la derrota política que atraviesa la Humanidad en esta coyuntura. 

La mención de la categoría “subordinación cultural” por parte de Cristina en su más reciente aparición pública –en el formato de entrevista colectiva– no debiera pasar desapercibida para los sectores que componen el campo nacional, y debiera constituirse como un vector primario para el desarrollo de la reflexión y la praxis política para trabajadores de la cultura y todos aquellos interesados en la cuestión de la conformación de las subjetividades y su impacto directo en la aprehensión de la realidad cotidiana.

Etimológicamente, subordinación es situar algo por debajo de un orden establecido. Dicho orden, social o sagrado, nos es revelado como algo dado, ocultando su condición de construcción social para sugerir su condición de natural. Obra aquí una falacia cultural, instrumento clásico de dominación, desnudada con precisión en la prosecución de la entrevista, cuando se hace explícita mención a la habilidad estadounidense para construir una narrativa – un relato– a través del cine principalmente, que consolida una determinada lectura del mundo alineada con sus intereses, tan cercana a ellos como distante de la realidad efectiva. Este sistema, sostenido en el tiempo y complejizado a través de libros, videojuegos, canciones y otras formas de penetración cultural, acaba consolidando sofismas histórico-políticos sobre los cuales se elaboran estrategias comunicacionales para generar legitimidad social sobre avanzadas con intereses propios que distan de ser los de las mayorías, como las invasiones por el petróleo en las que bajo pretextos pseudo-republicanos dejan muertos de a cientos de miles y destrucción del patrimonio cultural entre otras tragedias.

La conceptualización por parte de Cristina de las profundidades de la disputa en el terreno de lo simbólico pareciera ser una categoría surgida “del dolor nacional y no del narcisismo literario”, como diría en su momento Hernández Arregui. La comprensión de la complejidad del entramado que opera cooptando las subjetividades de amplios sectores de la sociedad argentina la lleva a elaborar el concepto de “subordinación cultural”. Estos sectores, insustentables en términos económicos por los preceptos libremercadistas del proyecto neoliberal de la Argentina de hoy, siguen guiados por una ceguera inducida desde la conjunción entre medios de comunicación e industria cultural “amando al opresor y odiando al oprimido” como vaticinó Malcom X.

Este proceso opera como piedra basal de la colonialidad que condena nuestro futuro en potencia. Las fuerzas que componen el Frente Nacional deben concientizarse y concientizar sobre la necesidad de retomar una política cultural conjunta tendiente a disputar la hegemonía con el proyecto cultural neoliberal, reimplantando al humanismo como dimensión troncal, a la felicidad del Pueblo como objetivo estratégico, y a la Comunidad Organizada como sistema ontológico para construir en el mediano y largo plazo.

 Se trata del desafío de construir el derecho cultural a lo que Enrique Dussel ha definido como “transmodernidad”: una alternativa respetuosa de nuestras identidades a la forma en la que Occidente nos impone vivir la postmodernidad. Salir de la “subordinación cultural” para construir la “soberanía cultural”: la capacidad del Pueblo de darse sus propios símbolos y trabajarlos autónomamente, como el fueguito que calienta desde abajo. Nada de esto puede encararse consumiendo los símbolos del enemigo, ni insistiendo en operar en la distribución de la rica producción simbólica de la cultura y las artes nacionales sobre las reglas que dicta el mercado a través de la industria cultural.

La construcción de una épica transformadora requiere de una estética revulsiva, que logre que la injusticia patee el estómago de cualquier argentino, y no solo de aquellos esclarecidos en procesos de formación cívica / política. El primer paso, parafraseando a Rodolfo Kusch, es perder el miedo a ser nosotros mismos.

domingo, 3 de abril de 2016

El campo del intelectual es la consciencia

“El campo del intelectual es la conciencia, por definición, la conciencia. Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto pero no en la antología viva de su tierra.” “Mensaje al Pueblo Argentino” - CGT de los Argentinos - 1º de Mayo de 1968

sábado, 2 de enero de 2016

La emergencia cultural de la periferia

La emergencia cultural de la periferia

Revista TransformARG, noviembre de 2015

Hija de días aciagos en los que la victoria electoral de un proyecto político de restauración oligopólica y unitaria empieza a mostrar sus dientes, esta columna intentará reflexionar sobre el eje cultura / federalismo de cara a la etapa que se abre, en el marco de la búsqueda de la emancipación subcontinental que se prefigura imprescindible para la plena consecución de los intereses de la Humanidad.

El georeferenciamiento del voto en el reciente balotaje argentino arroja rápidamente una tesis: la victoria del PRO, contenido en Cambiemos, se sustentó en las provincias del centro, aquellas con mayor concentración poblacional y poder adquisitivo. Quitando la provincia de La Rioja y la ciudad de Buenos Aires, que por diferentes motivos no aportan a la producción agrícola como lo hacen las restantes (Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Mendoza, la propia Buenos Aires, donde Macri casi pardó la performance de Scioli), la cosecha primaria de votos de la Alianza ganadora se corresponde con la llamada “zona núcleo”: la de mayor rinde por hectárea, y donde se concentra ideológicamente el germen de la Argentina, granero del mundo que históricamente primó en la vida política nacional, dejando grandes ganancias para unos miles adeptos a fugarlas y miseria para millones.

Si a este caldo le agregamos el condimento de la posición tomada por el futuro ministro Prat Gay en relación a las capacidades intrínsecas de ciertos argentinos, en función de su lugar de origen (vg. “No vaya a ser que en 2020 estemos hablando de Fulano de Tal, que vino, no sé... de Santiago del Estero, y resulta que se quedó con todo el poder”), olemos un guiso cuyo sistema de valores excluyente encuentra su punto máximo en la tentativa de José Luis Espert de ¡eliminar la coparticipación federal! Es decir: derruir el sistema de solidaridad sobre el cual se sustenta la Patria misma.

En este marco, adquiere relevancia la necesidad de comenzar a pensar las relaciones situacionales de la producción simbólica en términos referenciales. Hay que ser compleja y profundamente críticos de los avances vinculados a la descolonización pedagógica que operaron en esta última década extendida. No porque no los haya habido planteo que resultaría improcedente y soezsino porque, a la luz de los hechos, se han demostrado insuficientes.

Sin la construcción de nuevos marcos epistemológicos y categorías de análisis, que puedan desanclarse de nuestra historia reciente sin negarla ni dejar de aprender de ella, será imposible avanzar hacia respuestas concretas que este momento histórico que demanda un protagonismo inédito de Suraméricaprecisa y reclama.

Proponemos abordar la cuestión del federalismo desde una perspectiva de redistribución subjetiva. El papado de Francisco es un claro testimonio de renovación desde la periferia. Él mismo lo planteó desde el minuto cero: “los cardenales han ido a buscar al Papa al fin del mundo”, enunció, direccionando las miradas hacia la otredad. Solo viniendo desde “el fin del mundo” existen esperanzas de transformar las prácticas, romper los esquemas viciados y llevar a la humanidad a refundarse espiritual y deontológicamente para afrontar los desafíos que el nuevo siglo requiere.

Para la modernidad occidental la cultura se propuso independizarnos de la naturaleza animal, para configurar lo verdaderamente humano. Desde Nuestra América sentimos que la cultura debe revitalizarnos, en comunión con la naturaleza. La síntesis mejor difundida de dicho proyecto cultural es el “buen vivir” que lleva Evo Morales como palabra viva.

Debemos retomar el concepto de modernidad periférica: precisamos garantizar que cada uno pueda vivir la contemporaneidad según sus moldes, sin ese encorsetamiento noreurocéntrico que tantas desviaciones psicosociales genera y que es impuesto sin cesar por la industria cultural imperial y los medios de comunicación hegemónicos.

Actualizar la teoría de la dependencia entendiendo que opera también en lo relacionado con el flujo simbólico es una necesidad imperiosa: no lograremos deconstruir la dominación consumiendo los símbolos del dominante.

En esta línea, en el plano local, no lograremos construir la hegemonía de un proyecto cultural humanista y solidario, nacido a partir de la noción de Comunidad Organizada, en tanto optemos por los contenidos producidos en el centro. En los últimos años el estado se hizo presente en infinidad de ámbitos geográficos donde nunca había incidido por medio de sus políticas culturales, pero falló a la hora de optar fuertemente en la curaduría por aquellas expresiones populares veladas a la lógica de los medios de comunicación.

Los hacedores culturales históricamente ninguneados por la industria cultural fueron tímidamente acogidos en la programación pública, siendo los medios públicos la expresión más elocuente. Primaron -siempre- los contenidos originados en el centro: sea esto Buenos Aires, Córdoba o Rosario o las capitales provinciales en relación al hinterland. Se priorizó -inconscientemente quizá- las estéticas occidentalizantes por sobre las criollas.

Después de doce años detentando los piolines del Estado y, pese a enormes y logrados esfuerzos, como el nacimiento de Zamba en el seno de Pakapaka, seguimos forjando generaciones que llegan a la adultez sin saber qué es un gualambao, quién fue el Chúcaro, ni disfrutar de la enorme complejidad creadora de artistas de la talla de Atahualpa.

Paralela y complementariamente, debemos repensar el cruce entre coparticipación e inversión en políticas culturales per cápita en los presupuestos provinciales a la hora de asignar recursos nacionales en programas y acciones culturales concertadas en territorio. La equidad en el ejercicio del derecho a la plena participación en la vida cultural no acaba en el acceso al consumo de la diversidad, pero no puede desarrollarse sin el.


La emergencia de la América profunda es irrenunciable, como ya lo advirtió Kusch. Sucede, más allá de la voluntad de los mortales (propios y ajenos). Comprenderlo, vivenciarlo, saber disfrutar de ese hedor particular de lo que somos, es la única manera de encontrar un camino propio, serio y sustentable. El enorme equipo que conforma la cultura popular suramericana seguirá trabajando en la búsqueda del conocimiento mútuo, que genera el respeto que posibilita la asunción de que somos parte de lo mismo. Es la tarea que la etapa nos demanda: caminar hacia la integración -que es eminentemente cultural- y brindar la sabiduría ancestral que emerge de nuestra tierra para el crecimiento de la Humanidad en su conjunto.

Derechos Culturales: una categoría operativizable para aportar a la construcción de soberanía cultural

Derechos Culturales: una categoría operativizable para aportar a la construcción de soberanía cultural

Revista TransformARG, agosto de 2015

Reflexionamos desde estas páginas sobre la necesidad de desandar los profundos y profusos procesos de colonización simbólica y penetración cultural que venimos sufriendo los países del sur, y la necesidad consecuente de construir soberanía cultural, entendiéndola como la capacidad de que las voces propias puedan circular y escucharse en igualdad de condiciones frente a las impuestas por los capitales concentrados a través de los medios en conjunción con la industria cultural. Sabemos que el Estado es el factor de incidencia primario para poder terciar en este sistema, construyendo políticas culturales consecuentes con las necesidades del Pueblo, proyectando a los hacedores culturales hacia el futuro, sustentados sobre el conocimiento de su historia, cultura y tradiciones.

En este marco, los Derechos Culturales aparecen históricamente como una categoría subdesarrollada de los Derechos Humanos (Universidad de Friburgo, 1991), pese a lo cual nuestra estructura jurídica imperante, pese a las limitaciones de la reforma Constitucional de 1994, conserva una interesante complejidad de enumeración de Derechos de raigambre cultural sobre la cual construir una red de contención y promoción.

El abordaje de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) como agenda de DDHH del Siglo XXI no corrige esta distorsión: los Derechos Culturales aparecen meramente enunciados, y su abordaje programático y operativizable queda sistemáticamente pospuesto para momentos más propicios.

En el marco del Espacio Cultural Suramericano en que habitamos, coincidimos con Manuel Garretón en que “la dimensión cultural constituye un eje fundamental en la conformación de un bloque latinoamericano que se integre al mundo globalizado”, pero además subrayamos la necesidad de que esa integración se dé a partir del fortalecimiento de una voz propia.

La actual reconfiguración institucional de las áreas gubernamentales responsables del diseño e implementación de políticas culturales se basa en una progresiva comprensión  a partir de los actuales procesos revolucionarios del rol de la cultura en la consolidación de los avances en términos de derechos sociales, civiles y políticos. La progresiva incorporación de la noción de Derechos Culturales es un avance que debemos complementar y profundizar por medio de un abordaje práctico que permita al Estado, y a los ciudadanos a través suyo, de garantizar el pleno ejercicio de los mismos, comprendiendo que el derecho cultural troncal del sistema es el Derecho a la Identidad, el derecho a ser quienes somos, a preservarnos de ser transformados en “otros enajenados” ya no sin historia ni contenidos, sino con historia y contenidos ajenos.

 Por consiguiente, el desafío radica en seguir trabajando en la construcción y fortalecimiento de políticas públicas, a través del diseño de programas y espacios comunitarios que tengan como eje transversal la cultura como derecho, que brinden herramientas y ejerzan acompañamiento para lograr el efectivo ejercicio de los derechos culturales en el seno de las comunidades organizadas.

Finalmente, se trata de lograr la igualdad social considerando las diferencias y diversidades culturales que no constriñan ni homogenicen los derechos, y colocarlos en dialogo con las otras realidades y expresiones culturales. Ejercer los derechos culturales desde la noción de sujeto de derecho en el sentido de las luchas y reivindicaciones que todo ello supone.